Taxco no se descubre de golpe; se revela poco a poco, entre calles empedradas, balcones floridos y el brillo inesperado de la plata que aparece en vitrinas, puertas y pequeñas galerías. Llegar a este Pueblo Mágico, enclavado entre montañas del estado de Guerrero, es como entrar en una postal detenida en el tiempo, donde cada rincón parece diseñado para invitar al viajero a caminar sin prisa y mirar hacia arriba.
Desde la primera subida, Taxco seduce con su arquitectura blanca impecable. Las casas, alineadas sobre colinas imposibles, lucen fachadas encaladas, techos de teja roja y ventanas de hierro forjado cubiertas por buganvilias intensamente rosadas y moradas. Todo parece seguir una armonía visual que hace de este destino uno de los pueblos coloniales más fotogénicos de México.
Caminar por sus callejones es una experiencia en sí misma. Hay escalinatas estrechas que desembocan en pequeñas plazas, callejones apenas iluminados por faroles antiguos y miradores improvisados desde donde se observan tejados escalonados y montañas verdes abrazando la ciudad. Taxco está hecho para recorrerse a pie, porque las calles van en subidas y bajadas empinadas hasta lo alto de las colinas, pero si deseas ir en auto, el famoso Escarabajo de Volkswagen es el modelo ideal por la potencia de su motor y los taxqueños lo llaman con mucho cariño «bocho».
El corazón del destino late en la Plaza Borda, donde se levanta majestuosa la iglesia de Santa Prisca, verdadero emblema de la ciudad. Construido entre 1751 y 1759 gracias a la fortuna minera de José de la Borda, este templo barroco novohispano es considerado una joya arquitectónica de México. Sus torres rosadas dominan el paisaje urbano y anuncian desde lejos que algo extraordinario espera en su interior, y de noche tiene una iluminación especial con luces y figuras de colores.
Al cruzar sus puertas, la vista queda atrapada por la riqueza ornamental de sus retablos cubiertos con pan de oro. Todo brilla: columnas salomónicas, tallas religiosas y detalles minuciosos que parecen suspendidos entre luz y sombra. Uno de sus grandes tesoros es una Virgen de Guadalupe de tamaño natural elaborada en plata, una pieza que resume perfectamente la identidad de Taxco: fe, arte y herencia minera fundidos en una misma expresión.
No es casualidad que Taxco sea conocido mundialmente por su tradición platera. Durante siglos, la extracción de plata marcó la economía y el crecimiento de la ciudad, dejando como legado talleres artesanales, joyerías familiares y mercados donde aún hoy se encuentran piezas únicas hechas a mano. Comprar una joya aquí no es solo un souvenir; es llevarse un fragmento de su historia.
La semana pasada, el ambiente tuvo un sabor aún más festivo gracias al Festival del Taco, que reunió a visitantes y locales en una celebración gastronómica llena de aromas irresistibles. Trompos girando, tortillas recién hechas, salsas intensas y propuestas creativas hicieron de este encuentro una deliciosa excusa para recorrer Taxco también desde el paladar. Entre tacos al pastor, carnitas y opciones contemporáneas, quedó claro que el destino no vive solo de historia, sino también de sabor.
Al caer la tarde, Taxco cambia de personalidad. La luz dorada baña las fachadas blancas, las campanas de Santa Prisca marcan el ritmo del atardecer y las terrazas comienzan a llenarse de viajeros que observan cómo la ciudad se enciende lentamente. Desde cualquier punto alto, la vista es inolvidable: un mar de luces cálidas extendiéndose entre montañas.
Visitar Taxco es regalarse una pausa entre historia, arquitectura, gastronomía y tradición. Quien llega buscando un destino bonito termina encontrando mucho más: una ciudad viva, elegante y profundamente mexicana, capaz de enamorar desde la primera caminata y de engancharte para volver.
Por: Liliana Ubidia
INFOTUR LATAM
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