Al iniciar mis planes para viajar a Santiago de Chile, deseaba darle un toque especial y conocer lo que brinda la ciudad para los viajeros de lujo. El primer paso era elegir el alojamiento, y al buscar información y contactos, se me presentó la oportunidad de hacer la reserva en The Ritz-Carlton, Santiago, ubicado en el exclusivo barrio de El Golf, y lo que viví fue una experiencia de lujo, elegancia y confort
Desde el lobby, todo transmitía elegancia: la arquitectura clásica, elegantes y amplios muebles, los arreglos florales y el recibimiento cálido del personal. Fue imposible no detenerme unos minutos para admirar el ambiente y la fina decoración. Una sensación de lujo sin excesos, justo lo que buscaba.

Al entrar a mi habitación, entendí por qué este hotel es un ícono de la ciudad y reconocido internacionalmente. Todo tenía una calidez y brillo especial: los detalles en madera, el baño de mármol, la cama con sábanas muy suaves que te invitaban a un sueño profundo.
Desde las amplias ventanas, la vista hacia la ciudad y la cordillera, que enmarca la gran metrópoli, era literalmente la cereza del postre. Cada detalle era para disfrutarlo y en ese instante, decidí que no iba a apurarme por salir. Solo quería disfrutar de la gran habitación que me ofrecía calma, silencio y comodidad total.
Mi plan para esa tarde fue seguir conociendo el hotel y subí al último piso, donde se encuentra la piscina climatizada y bajo una cúpula de vidrio, lo que permite nadar mientras ves el cielo con todos sus cambios de colores, sobre todo al atardecer. Me quedé disfrutando del agua un buen rato, mirando cómo el sol se escondía detrás de las montañas. Ese momento fue, sin exagerar, uno de los más relajantes de todo el viaje. Al salir, el personal me ofreció una toalla caliente y una sonrisa amable.
Algo que disfruté muchísimo fue el acceso al Club Lounge, una zona privada para huéspedes selectos. El espacio es silencioso, cómodo, ideal para trabajar o simplemente leer. Pero lo mejor, sin dudas, es la selección de snacks, que varía durante el día: desayuno completo, opciones livianas para el almuerzo, algo dulce por la tarde y delicias nocturnas que me conquistaron. No tuve que salir del hotel para sentirme bien atendida a toda hora.
Cada vez que necesité algo, el equipo respondió con amabilidad y rapidez. Incluso tuve que imprimir documentos urgentes y me ayudaron sin problema alguno. Son esos detalles los que marcan la diferencia entre un buen hotel y una experiencia inolvidable en un hotel de lujo, porque no sentí que era solo una huésped más, sino alguien a quien realmente querían cuidar. Eso se agradece mucho cuando una viaja sola.
Una noche cené en Estró, el restaurante principal del hotel. La propuesta gastronómica combina ingredientes chilenos con técnicas modernas. Pedí un plato de salmón con puré de apio y una copa de vino del Valle de Colchagua. La presentación era impecable y el sabor, memorable. El ambiente del lugar es cálido, con iluminación tenue y una atención de primera. Terminé con un postre de chocolate en texturas que todavía recuerdo con cariño.
En mi último día, decidí empezar con energía y fui al gimnasio del hotel. Está bien equipado, con máquinas modernas, aire fresco y lo mejor: una vista increíble a la ciudad. Hacer ejercicio ahí no se sintió como un esfuerzo, sino como una forma de agradecerle al cuerpo todo lo que me estaba permitiendo vivir. Terminé mi rutina con un jugo natural en la terraza y una sensación de bienestar completa.
Después del entrenamiento, volví al Club Lounge para disfrutar de un desayuno tranquilo. Café caliente, frutas frescas, panes artesanales y un ambiente silencioso que me permitió leer y planificar mi día sin apuro. Me encantó la versatilidad del lugar: tanto para trabajar como para relajarse. Lo más lindo fue ver cómo el personal recordaba mis preferencias. Eso demuestra que la atención es realmente personalizada.
En mi paseo por el barrio El Golf noté que el hotel está rodeado de cafés, tiendas y parques. Una zona segura, limpia, ideal para caminar sin rumbo. Pero confieso que, aunque la ciudad tenía mucho por ofrecer, a mí me costaba salir del hotel. Sentía que ahí tenía todo: tranquilidad, buen servicio, espacios lindos, comida rica y una vista que no me cansaba de mirar. Cada rincón en The Ritz Carlton-Santiago tenía su propio encanto.
Para el check-out, opté por hacerlo directamente en el club lounge. Fue rápido, privado y sin esperas. Me entregaron una caja con chocolates y una nota escrita a mano agradeciéndome por mi estadía. Ese gesto de amabilidad cerró mi experiencia con broche de oro. En pocos lugares me sentí tan bien tratada, tan cómoda y tan mimada como acá. Fue una despedida dulce, literalmente y emocionalmente.
The Ritz-Carlton Santiago es mucho más que un hotel de lujo. Es un espacio donde cada detalle está pensado para que te sientas bien, en paz, especial. Me voy con la certeza de que volveré, ya sea por trabajo o por placer. Porque cuando un lugar te hace sentir así, no hay otra opción que repetirlo.
Por: Alexandra Bernuy / Pierina Bernuy
INFOTUR LATAM
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