Viaje en familia: Encuentro cercano con el señor Mar

‘Pescar’ agua en una carretilla de juguete. Hacerle cosquillas a la playa con un rastrillo de plástico. Rellenar con puñados de arena humedecida unos moldes con formas de patitos, estrellitas y caballitos de mar. “Listo, ya están, salieron lindos”, pero duraron muy poco. Él los destruye con sus ‘patitas’ y se muere de la risa, mientras dice, pide, reclama: “¡otra vez, otra vez, papá!”.

Acostumbrado a recorrer los caminos por su trabajo periodístico, el autor revela a través de cuatro momentos y vivencias, las sensaciones inéditas generadas por un viaje familiar en el que acompañó a su hijo de tres años a conocer el desierto y el mar de Ica. Esa experiencia única y singular es relatada en esta crónica, cuyo único propósito es inspirar a los padres y madres a explorar el país con los futuros trotaperú

Y papá repite la escena. Y papá ‘pesca’, excava, moldea y hasta finge molestarse cuando destrozan sus obras de ‘arte’. Y papa se divierte, se relaja, se olvida de las fotos y los apuntes en su libreta de notas. Hoy no es un periodista viajero en búsqueda de imágenes e historias. Hoy solo quiere ser el socio y el cómplice de ese pequeñito que rapidito nomás se hizo amigo del ‘señor Mar’.

Ponerle el chaleco salvavidas. Esperar el zarpe. Ajustarle la gorra para que no se la quite el viento. Hablarle. Distraerlo. Enseñarle a tomar sus primeras fotos. Clic, otros clics, varios clics. Y en la pantalla sale mamá, un barquito y los demás tripulantes de la lancha. Papá no aparece. Él tampoco. No les importa. Están entretenidos con la cámara. “¡Y esté botón para que sirve, papá, papá, papá!”.

Y papá enseña. Y la lancha salta y brinca. Y el océano juega carnavales. Nadie se salva. Todos se mojan. Todos se alegran cuando ven a los lobos marinos -los que nadan, los que duermen, los que recién han nacido-, a las aves guaneras, a la pareja de pingüinos que está en lo más alto de un roquedal. Biodiversidad en aguas inquietas y movidas que marean un poquito. ‘Resiste, chiquitín, tú eres un viajero’.

Darle la mano. Bajar del carro. Acompañarlo hasta el inicio de un camino de tierra. A la izquierda, un museo -moderno, vistoso, solitario-, al frente, el horizonte marino. Andamos. Papá le suelta la mano. Él se aleja. Quiere ir solo. Quiere ganarles a todos. Quiere llegar primero al mirador de los flamencos o parihuanas. “No me alcanzan. Soy el más rápido”, proclama victorioso.

Y papá hace la finta de querer pasarlo. Y mamá se apura para tomar una foto. Y la abuela-mami va al ladito del tío Jorge que finge estar cansado. Todos confabulan para que Sebastián esté feliz en el desierto que empieza a descubrir, en la reserva de vientos arrebatados y playas escondidas que explora con sus pasos todavía inciertos. Él se confía. Resbala. Cae. Llora. “Papá, me duele aquí”.

Sacarle los zapatos. Sacudir la arena de sus medias. Acomodarlo al borde de la piscina para que meta sus ‘patitas’, “solo mis ‘patitas’, papá”, advierte, insiste, se asegura. Trato hecho. Él se refresca y patalea de lo lindo en la última noche lejos de casa y en la primera que dormirá en una carpa sembrada en un oasis que parece un espejismo. “Vamos papá, ahora quiero ver Peppa”.

Y papá lo carga. Y papá entra a la carpa y recuerda sus periplos anteriores -tan distintos- en estos mismos lugares, mientras él rebota en la cama como si fueran los charcos de lodo en los que brinca la chillona cerdita. “Sebas está feliz, todos estamos felices”, exclama papá, parafraseando al narrador del dibujito animado que mañana verán en casa, “en nuestra otra casa, papá”, lo corrige el saltarín.

El Perú es nuestra casa

Sebastián tiene razón. Nuestra casa es y será siempre el lugar en el que estemos juntos, unidos, en familia; una familia que hoy será de curtidos aventureros porque dormirán en un atractivo campamento en las dunas de la Huacachina; una familia que en las noches anteriores se alucinó rica y famosa en el bungaló deslumbrante que ocupó en un condominio de la playa del Carmen, en Chincha.

Qué seremos en las próximas vacaciones. Qué otros amigos y señores conocerá él, en sus siguientes salidas. Qué aprendizajes tendrán papá y mamá en la próxima ruta con su bebé explorador… “no, no, papá, yo soy un niño, tengo tres años”. Lo siento, perdón, con el niño explorador que empieza a internarse en ese Perú que está más allá de las ventanas de su hogar.

De su casa de verdad, la de Lima, la que fue su refugio y bastión en los tiempos duros de la cuarentena, la que abandonaron cuatro días para encontrarse con las olas de Chincha, con el desierto que se proyecta espléndidamente hasta el Pacífico en Paracas, con las islas biodiversas de Ballestas, con las sinuosas y retadoras dunas de la Huacachina.

Una travesía distinta. Una travesía con él, a quien hay que cuidar, observar, proteger; con él, que podría aburrirse, extrañar la casa, dejar de comer, pedir ir al baño en el momento menos indicado. Dudas, muchas dudas por la falta de experiencia. Papá y mamá son aprendices y novatos en estos avatares camineros. Ellos no saben que dejar ni que llevar… ¿Y si le preguntamos a él?

Armar el equipaje. Qué ropa le gusta. Qué juguetes son sus favoritos. No dejar el agua, la fruta, las galletas, los huevitos sancochados por si le gana el hambre ante del almuerzo. ¿Qué quieres comer, hijito? “Papá, spaghetti, me gusta el spaghetti”, siempre spaghetti, ¿solo spaghetti? Sí o no. ¿Y si hace un berrinche? Mejor negociar. Él entiende. Él no llora o solo llora un poquito: “ya papá, ya mamá”.

Los tallarines se postergan. Alivio. Satisfacción. Los miedos se desvanecen paso a paso. El viajerito no extraña, se adapta, corretea, se entiende con sus nuevos amigos: los patitos adorables y la garza huaco que ve de cerquita en la Huacachina… “papá, y ellos comen spaghettis”. Ahora es papá quien se muere de la risa, quien termina de convencerse que fue un acierto salir de vacaciones.

Lo harán de nuevo. Lo harán todas las veces que puedan porque más allá de las dudas y los temores, acompañarlo a descubrir la naturaleza, jugar con él en la orilla del señor Mar, verlo explorar sus primeros caminos y explicarle que es urgente proteger y respetar a la flora y fauna del planeta, es una experiencia que enriquece el alma y alimenta el corazón.

Y papá volverá a viajar con él. Muchas veces con él y con ella, tantas veces que Sebastián creerá que el Perú, todo el Perú, es su casa, su hogar… ¡nuestro hogar! Y esas vivencias, ese sentir, ese acercamiento con nuestra tierra será la mejor herencia que papá, papá, papá, le dejará al niño que ahora destruye con sus ‘patitas’, las figuras de arena que construye en una playa chinchana.

Infodatos

La ruta: Playa del Carmen-Huacachina-Paracas-Huacachina. El viaje duró cuatro días, con dos noches de pernocte en un bungaló del condominio Playa del Carmen (reservado a través de www.airbnb.com) y en el Ecocamp, un campamento muy recomendable para que los niños empiecen a sentir el gusto de dormir en una carpa (www.ecocamphuacachina.com).

Cómo llegar: Si bien esta travesía se hizo en un auto particular, visitar Chincha, Paracas y Huacachina en transporte público no es complicado. Varias empresas de transporte cubren la ruta cotidianamente.

Los viajeros: Para que el pequeño trotaperú se sintiera más cómodo y en confianza, el grupo de aventureros incluyó a otros miembros de la familia. Una excelente decisión para evitar la añoranza por la vida cotidiana.

Precaución: Viajar con niños implica estar muy, pero muy vigilante a lo que él hace, pero esta atención y ciudadano no debe reprimir su curiosidad ni sus ganas de explorar. Hay que estar cerca, pero sin agobiar al niño.

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR LATAM
www.infoturlatam.com

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