Un día en Santa Marta

Estuve cubriendo el Carnaval de Barranquilla durante una semana que me dejó felizmente exhausta. Mucho baile, mucho color y mucho cariño en unos días inolvidables, pero tenía que recobrar energías y elegí como destino para ello a Santa Marta, a unos noventa kilómetros de distancia y un encanto propio por descubrir.

Llegué a esta ciudad en horas de la tarde y fui directo al hotel, el Hilton Garden Inn. Si bien Santa Marta tiene una variada oferta hotelera, elegí este hotel por la gran experiencia que había tenido previamente en el HGI de Barranquilla y por su estratégica ubicación, a unos pasos del centro y a la playa.

Mi cansancio era notorio, pero desde que vi las instalaciones del hotel se me tranquilizó el alma: supe de inmediato que había tomado la decisión correcta. El personal de recepción me recibió de maravillas y en cuestión de minutos estaba en mi cuarto con una vista privilegiada a la ciudad. Esa noche descansé, finalmente.

La mañana siguiente, luego de un desayuno reparador que incluyó el “arroz recalentado” tan típico en esta zona y exquisito, patacones, quesos, huevos revueltos (y mejor no sigo) acompañados del tradicional café colombiano, salí a recorrer la ciudad.

Hacía ya algunos años que no caminaba por las calles de Santa Marta y reencontrarme con su malecón, bañado por el mar Caribe, fue hermoso. Tantos recuerdos vinieron y acompañaron esa mágica sensación que nuevas historias se guardarían pronto junto ellos.

El Hilton Garden Inn está a un par de cuadras del inicio del recorrido, la marina de Santa Marta. Embarcaciones de todo calibre, bares y una hermosa vista dieron inicio al paseo. De hecho, en mi visita anterior pasamos una noche de fiesta en el segundo piso de un bar del muelle, con luces blancas, mucho ron y música caribeña de acompañantes. Esta visita tuvo otro matiz más calmo.

Recorrí el malecón, caminé por la arena y el sol me abrazó, intensamente, como abraza el sol caribeño, hasta llegar al Parque de Simón Bolívar, en cuyo centro está un monumento al héroe. Amante del café como soy, me senté en alguno de los puestos con unas señoras a tomarme un “tinto”. Su sombrilla fue un extraordinario refugio y la conversación, una suerte de grandes y honestas risas.

Luego visité la Casa de la Aduana o, actualmente, Museo de Oro Tairona, ubicado en la misma Plaza. La entrada es gratis y se pueden ver más de quinientas extraordinarias obras de arte de dicha comunidad. En el segundo piso se encuentran las salas históricas en la que resalta las de Simón Bolívar: resulta que esta casa, una de las más antiguas de Colombia, fue el hogar del héroe cuando llegó a Santa Marta y el lugar donde lo velaron cuando falleció.

Una visita no planeada pero muy interesante que siguió con una caminata por las calles coloniales de la ciudad, llenas de comercio, cocos y lindas artesanías. En mi camino encontré la Alcaldía, la catedral y, finalmente, el Parque de los Novios.

Este espacio, el favorito de los turistas, está rodeado de calles llenas de bares y restaurantes. De hecho, al llegar acá a media tarde, decidí no dedicarle mucho tiempo y regresar al hotel. Ya la noche sería el escenario de una visita más prolongada.

Regresé al Hilton Garden Inn y fui directo al rooftop con piscina. Debo decir que mi plan era quedarme una hora y regresar a mi cuarto a avanzar algo de trabajo, pero no pude. José, encargado del bar, me alegró la tarde con un trago en un coco perfectamente bien decorado y, luego de algunas zambullidas en la piscina, me dediqué a esperar el sunset.

Y aquí empieza uno de los mejores momentos de aquel día: el sunset, con la vista a la Marina de Santa Marta, desde aquel rooftop, fue inolvidable. El cielo, el mar, las embarcaciones…la ciudad entera cobró otro sentido bajo esa luz. Lugar perfecto para tomar fotos, pero, sobre todo, para contemplar y agradecer. Y vaya que tenía mucho que agradecer, para empezar, ese momento.

Tal como lo había planeado, regresé esa noche a la Plaza de los Novios, a escasas cinco cuadras del hotel, cerca al malecón y fui directo al lugar que los chicos del hotel me habían recomendado, Ouzo. Comida mediterránea muy bien lograda, excelente servicio y un lugar muy acogedor. Precios bastante accesibles y yo, estando sola, en la barra, la pasé genial conversando con el personal.

Luego de caminar un rato, viendo las innumerables opciones de bares y fiesta, regresé al hotel. Quería, necesitaba un ambiente tranquilo, de casa. Tenía mucha fiesta acumulada por Barranquilla y mi cuerpo y espíritu me pedían la calma de una cómoda cama con gran vista. Así fue mi segunda noche en Santa Marta, muy distinta a otras aquellas vividas en otros tiempos.

A la mañana siguiente partí temprano a Barranquilla y luego regresé a casa. Feliz. Santa Marta es un destino maravilloso al que regresaré pronto para recorrer su naturaleza y sus parques. Regresar al Tayrona y sumergirme a profundidad en sus mares. Esta visita fue para descansar y explorar sus calles, reconectarme con la ciudad y, gracias especialmente al Hilton Garden Inn, sentirme como en casa.

Por: Andrea Chaman Caballero
INFOTUR LATAM
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