Paucartambo y el amanecer más hermoso del mundo

A inicios de junio mi mejor amigo, que vive en Urubamba, Valle Sagrado, Cusco, me escribió escuetamente “¿Paucartambo el 21?” “Llego en el primer vuelo ese día, espérame”, respondí. Y por fin, tantos años después, viví el amanecer más hermoso del mundo.

Hace trece años una amiga me contó del increíble amanecer que había visto desde el Mirador Tres Cruces en Paucartambo, en el solsticio de invierno. De esas historias que no se olvidan y que quedan grabadas como un “algún día”. Pues ese día llegó hoy

El camino, siempre el camino

Tomé el primer vuelo de Sky Airline desde Lima a Cusco, ese que sale a las 05:30 a.m. y que en lo personal me encanta porque el camino al aeropuerto es rapidísimo y las vistas desde el avión del amanecer son impresionantes. Además, a las 9 de la mañana ya estoy en el Valle Sagrado, tomando desayuno con mis amigos, siempre con un exquisito café de Quillabamba.

El día se nos pasó rápido y salimos rumbo a Paucartambo a las 15:00 p.m., disfrutando de recorrer el hermoso Valle Sagrado hasta Pisac, donde llegamos una hora después.

Google Maps nos dijo que nos tomaría un par de horas recorrer los cien kilómetros desde ahí hasta nuestro destino, pero lo que no calculamos fue la belleza del camino. Los valles que se iban abriendo entre las montañas, los que contemplamos desde la zigzagueante carretera, sumado a los distintos tonos tierra de las paredes de piedra que nos flanqueaban, fueron compañeros de ruta inspiradores.

Siempre digo que en la vida lo importante es el camino y en los road trips por Perú el corazón se estruja confirmando esta teoría.

Un detalle: salimos tarde y creo que de manera inconsciente lo hicimos a propósito, porque la luz del atardecer cubriendo el espectáculo que son los Andes peruanos, es realmente hermoso.

Llegamos de noche a Paucartambo agotados y nos encontramos con miles de locales en sus trajes de fiesta, alborotando las calles de la ciudad. Claro, son días de celebración y esa noche el desfile en la plaza central era el foco de la atención. ¡Qué pueblo más precioso!

Como nos gusta ir siempre a la aventura no teníamos hotel, así que nos pasamos la siguiente hora tratando de encontrar dónde dormir. Al final llegamos al Hostal Tres Cruces frente al templo, excelente ubicación, pero lleno así que no quedó más que ir a la otra sucursal, a unas cuadras. El lugar cumple con lo básico para dormir, lo cual, a esas alturas de cansancio, era suficiente.

En la noche salimos a vivir un poco de la vida de fiesta del pueblo: vimos un concurso de música, tomamos una sopa reponedora y nos compramos unos chocolates para compensar el frío. A las 23:00 ya dormíamos, ansiosos por las horas que venían.

En busca del amanecer más hermoso del mundo

A las 02:45 a.m. ya estábamos nuevamente en el carro, rumbo al Mirador Tres Cruces que, si bien estaba a unos escasos cuarenta kilómetros, al ser el camino de trocha y en la oscuridad, nos tomó un poco más de una hora.

Dato: Tres Cruces forma parte de la zona del altiplano del Parque Nacional del Manu, así que para entrar hay que hacer un pago de quince soles. En la puerta la información de los guarda parques fue muy completa, amable y entusiasta y nos dijeron que, además del ingreso, teníamos derecho a visitar un orquideario por el pago si no nos quedamos a recorrer el Manu.

Llegamos al mirador de noche y el cielo nos regaló un sinfín de estrellas y una brillante luna que nos permitió ver el colchón de nubes que cubría la selva peruana.

Sí, estábamos a tres mil ochocientos metros, era de madrugada y el frío era muy intenso, sin embargo, saber que frente a nosotros, allá abajo, estaba la selva del Manu, que estábamos por presenciar un espectáculo considerado como de los más hermosos del mundo y que esta noche, por el solsticio, nos acompañaban bailarines, músicos y ofrendas y que nos envolvía una energía increíble, nos llenaba de emoción.

El amanecer más hermoso del mundo

Hay mucha información sobre este fenómeno, pero creo que nadie lo ha descrito con exactitud y claramente no pretendo ser la primera que lo haga, pero trataré de contar con la mayor precisión posible la experiencia.

Desde las 04:00 a.m. hasta las 06:20 a.m., aproximadamente, fueron los rayos anaranjados, rojizos, amarillos los que fueron rompiendo, paulatinamente, la oscuridad del cielo que nos había recibido.

El ambiente era de fiesta, una en la que se pedía conectar con el espectáculo que la naturaleza nos estaba regalando. Una fiesta en la que visitantes danzaban con trajes típicos, distintos instrumentos se iban turnando para alegrarnos y todos nos unimos en un solo espíritu.

Las nubes, antes abultadas, fueron poco a poco diluyéndose, dejándole más espacio a las grandes cadenas de montañas que protegían la escena.

El cielo estaba limpio, pero algunas nubes fueron formándose allá arriba, negras. De pronto, cuando el sol empezó a imponerse en el horizonte, no solo el colchón de nubes que cubría la selva del Manu se tornó dorado, sino que aquellas se sumaron al espectáculo. Una bola de fuego lo iluminó todo, tanto a nuestro entorno como a cada uno de nosotros.

Cuenta la leyenda que ese sol, con sus rayos, purifica a los que lo contemplan. Creo que es claro que quien vive esta experiencia no regresa a casa igual. Fue duro, claro que sí, en especial por el intenso frío, pero valió la pena.

El día siguió y todos los que hacía apenas unos minutos habíamos estado unidos en una misma emoción nos vimos por fin las caras con la luz de nuestro tan esperado sol, nos sonreímos y regresamos a nuestros carros, entre cansados y felices, pero con una plenitud que hoy disfruto en calma.

Por: Andrea Chaman
INFOTUR LATAM
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