De Huánuco a Pasco: una ruta del pasado, un camino con futuro

Del 22 al 24 de julio, un grupo de 50 caminantes peruanos y extranjeros, unieron con sus pasos la llamada Ruta de Colonos y Arrieros que conecta los distritos de Chaglla (Pachitea, Huánuco) y Pozuzo (Oxapampa, Pasco), a través de un kilométrico sendero que se presenta como un auténtico reto de resistencia, como se revela en esta crónica que describe el primer día de una travesía pedestre que ha dejado una huella imborrable en los corazones de todos los andariegos.

Sus paradas son cortas, breves, apenas lo suficiente para espantar los calambres, recuperar el aliento o tomarse esa foto que publicarán en las redes. Sí, están agotadas -como todos-, pero no abatidas, a lo mucho un poquito fastidiadas por que esa cuesta no termina nunca. Es demasiado. Es el colmo. Hace más de seis kilómetros que comenzó el ascenso y hace más de seis kilómetros que no termina.

No deberían sorprenderse ni alarmarse. Advertidas estaban. Bien advertidas estaban por su padre. Sí, su padre, porque esas jovencitas son hermanas, hermanas que caminan juntas, alentándose, animándose, compartiendo su experiencia andariega en un sendero que jamás han recorrido, pero del que han escuchado muchísimas historias desde niñas, desde siempre.

Él ya no es un niño, tampoco un jovencito, pero igual está aquí, creyendo ingenuamente que el final del ascenso se acerca. No aprende. Otra vez se deja engañar por las sinuosidades de las montañas. “Ya no hay más cerro, solo cielo. Estoy en la última curvita”, se arenga e ilusiona desde hace una hora, una hora que -como le suele suceder- terminaría convirtiéndose en varias horas.

En el fondo lo sabía. Se lo habían advertido, aunque no su padre, quien nunca anduvo en Muña ni dirigió sus pasos hacia Tambo de Vaca. Fue Raúl Cabello Aquino el que anunciaría “son siete kilómetros de pendiente”, en los instantes previos a la partida por aquella ruta de la que había escuchado muy poco -casi nada- y de la que hasta hace solo unos días no tenía la menor idea de su existencia.

No, ella no los acompañará. La salud, los pendientes, las actividades propias de sus funciones como presidenta de la Asociación Civil Roger Vidal Roldán, no le permiten ser parte del grupo de caminantes que unirán la cordillera con la selva, reviviendo las idas y venidas de los infatigables arrieros, evocando la hazaña del segundo grupo de colonos austroalemanes que se asentaron en el verdor de Pozuzo.

No, ella no los acompañará, pero los despide invocando a los taita Jirkas, a los Apus, a la Tierra, ofrendando (y compartiendo) hojitas de coca en las faldas de esa montaña interminable. Misticismo. Respeto por los antiguos. Sus palabras -en quechua y español- hablan de energía positiva, de agradecimiento con la Pachamama, de protección para que los aventureros “no se desmayen ni sientan cansancio”.

Energía, todavía tienen energía, a pesar de que llevan más de seis horas ascendiendo. No muchas, eso sí; solo las necesarias para remontar los metros que le faltan. Sí, pues, no deben de ser demasiados. El hito de los seis kilómetros quedó atrás hace un buen rato, entonces, Lucero y Ann Baumann Tolentino, tenían que estar cerca -muy cerca- de superar la primera advertencia que les hiciera su padre.

Y lo harían sin ayuda. Solitas nomás, ignorando a las mulas que podían aliviar las exigencias de la jornada inicial… ¿la más complicada? Eso lo sabrán después. No en este momento en el que se sienten felices, cansadas, pero felices, porque el camino al fin se puso mansito. Sí, lo lograron, igual que su padre, igual que su abuelo. Ambos trajinaron este tramo. Ahora es el turno de ellas. Solo de ellas.

Falta un kilómetro, solo un kilómetro si lo dicho por Raúl, el hombre fuerte de la 3ra Caminata Internacional de los Andes 2022, es absolutamente cierto. Solo le queda ser paciente, resistir y mantener el ritmo. Nada de alocarse. Nada de acelerar el ritmo para acercarse a quienes van más adelante. La experiencia le ha enseñado a ser cauteloso. Esa es la ventaja de ya no ser un niño, tampoco un jovencito.

La desventaja es otra: sabe muy poco del itinerario o sabe tan solo lo indispensable. Lo demás lo descubrirá metro a metro. Él, a diferencia de lo que ocurre con Ann y Lucero, no tiene ninguna relación sentimental o de añoranza con esta Ruta de Colonos y Arrieros. Por aquí no anduvieron sus ancestros, entonces, su ímpetu surge de las ganas de explorar, de conocer, de encontrar historias.

La de Filomena que no los pudo acompañar, bueno, eso es relativo, porque, aunque ella se fue, se quedaron sus palabras cargadas de espiritualidad, su entendimiento con la Pachamama y los Jirkas protectores, y, claro, también los puñaditos de coca que repartió y que fueron salvadores en los momentos de mayor extenuación. Y es que la hojita reconforta y reanima en las alturas y en el bosque.

La de Filomena que promete acompañar al grupo en la siguiente caminata porque, así como no hay primera sin segunda, no debería haber tercera sin cuarta. Volver para mejorar el circuito, consolidarlo, ponerlo en valor, convertirlo en una alternativa turística. Ese es el compromiso de la asociación que Filomena dirige y de las direcciones de comercio exterior y turismo de las regiones Huánuco y Pasco.

Goles en el Tambo

Ellas, que son hermanas, que van juntas honrando la memoria de su abuelo y que antes de partir escucharon las recomendaciones de su padre -quien vive en Chaglla (provincia de Pachitea), la capital del distrito huanuqueño que limita con Pasco- se encuentran con él, que ya no es un niño ni un jovencito, que es un extraño en estas tierras, un extraño que busca historias mientras escribe su propia historia.

Se encontraron en el tramo final de esa pendiente que parecía no tener un final. Ellas y él enrumban juntos hacia la cumbre, hacia la pampita que anuncia la cercanía de Tambo de Vaca. Allí pernoctarán. A 3615 metros pernoctarán o intentarán hacerlo. Atrás queda Muña, con sus 1700 metros de altura, con su caldito verde aromático y reponedor, con su iglesia emblemática, la más antigua de Pachitea.

“Desde aquí -comentaría Filomena en una noche de fogata en la víspera de la partida- los jesuitas se internaban para evangelizar a los panataguas”. Imaginar el pasado. Inicios del siglo XVIII. La iglesia de San Pedro de Muña con sus campanas de oro. Los religiosos orientando su fe hacia la selva para difundir la palabra de su Dios entre las poblaciones nativas, asentadas en las cabeceras del río Pachitea.

Las campanas ya no existen. Desaparecieron. De un día para el otro desaparecieron y no por obra de un milagro, revelan entre susurros en el interior del templo, acaso para no fastidiar a los santitos. Todo eso ha quedado atrás. Todo aquello se ve tan lejano ahora porque ellas, él y los demás caminantes que son 50 -cada uno con sus propias razones, sus propias nostalgias- se acercan a su primer destino.

Tambo de Vaca. Distancia: 12 kilómetros, según la información enviada previamente por Raúl, 12 kilómetros que se reducirían a 9 en el trayecto. Bah, no importa. 12 o 9, igual llegaron. Cerca de las 5 de la tarde llegaron. Y los recibieron con globos y muchas sonrisas. Y les invitaron tocosh, el oloroso y vigorizante preparado con papitas fermentadas. Y también los retaron a una pichanguita.

Bienvenida futbolera en una caserío de casas dispersas levantadas con tablones de madera. Él no juega. Él se queda con las ganas. Él observa, solo observa ese partidito inédito, enredado, sin mucha técnica, pero con harto corazón y buena onda. El resultado no interesa. Lo valioso es la experiencia, el compartir, el conocerse jugando, divirtiéndose, haciendo goles en una cancha que hermana.

La noche se avecina. Los caminantes-jugadores se acercan a la mesa donde sus anfitriones exhiben orgullosos lo que ellos producen. Ocas, papas, quesos, mantas y diversos textiles. Se vende y se compra. Se mira y se aprende de las señoras que explican el proceso del hilado o muestran como se trabaja en el telar. Se busca y se encuentra calor y refugio en las modestas casas campesinas.

Compartir la cena en la cocina, entre cuyes asustadizos y calor del fogón. Ese calor que se extraña en los cuartos compartidos. Ese calor que no provee el pellejito de cordero ni las frazadas sin tigres. Noche de insomnio y pies congelados. Solo una noche para los visitantes, todas las noches para quienes viven y nacieron en un Tambo, en el que no hay agua ni desagüe, en el que hay tan poco de todo.

No es fácil vivir en Tambo de Vaca. La lejanía, el clima severo, la falta de servicios, la escasez de agua “porque antes había una laguna”; antes, ahora no, y el agua la traen por mangueras, de lejos la traen, pero no es suficiente. Hay meses secos, meses de angustia, meses de sed. Ellos resisten, pero hasta cuando lo harán. Si nada cambia, si todo sigue igual, las sombras de la desolación cubrirán el caserío.

Tal vez el sendero de los colonos y los arrieros sea la posibilidad de ir cambiando -poco a poco- la situación actual y la indiferencia perpetua. Si eso ocurriera, si ese objetivo se lograra, los pasos de ellas y de él -todos los pasos de ellas, de él y de los demás caminantes-, dejarían una huella profunda, una huella que iría más allá de las fotos en las redes, más allá del recuerdo y la vivencia personal.

Ojalá que eso ocurra. Ojalá que el camino del desarrollo que hasta ahora ha sido una pendiente inacabable, se convierta en una pampita donde se avance sin mayores problemas, donde se avance respetando siempre a los taytas Jirkas, los Apus y la Pachamama. Esa es la hoja de ruta en Chaglla y Pozuzo, en Pachitea y Oxapampa, en Huánuco y Pasco… en fin, en todo el planeta.

Infodatos

*La ruta: la travesía pedestre comenzó en el centro poblado de Muña. Desde este punto se caminó hacia Tambo de Vaca (9 kilómetros, aproximadamente, 7 de subida). El segundo día se unió Tambo de Vaca con el caserío de Cushi (18 kilómetros de ascenso, descensos y zonas pantanosas). El tramo final fue entre Cushi y Tingo Mal Paso (ingreso a Pozuzo). La distancia aproximada fue de 12 kilómetros.

*El objetivo: evaluar y revalorar la ruta con el propósito de implementar en el futuro cercano un circuito turístico que integre las regiones de Huánuco y Pasco.

*Positivo: Después de la caminata el Gobierno Regional de Huánuco y el Instituto de Desarrollo del Sector Informal (Idesi) han decidió impulsar la puesta en valor de la Ruta de Colonos y Arrieros. Este esfuerzo, que es parte del proyecto Eco-Huánuco será financiado por la cooperación alemana.

*Aventureros: El tramo Muña-Pozuzo fue el último que recorrió el segundo grupo de ciudadanos austroalemanes que llegaron a colonizar la actual provincia de Oxapampa.. Su travesía concluiría en octubre de 1868.

*Los organizadores: La caminata contó con el auspicio y apoyo de Ecoselva, Idma, EcoPozuzo, Asociación Civil Cultural Roger Vidal Roldán, Gobierno Regional de Huánuco, Gobierno Regional de Pasco, Dircetur Pasco, Dircetur Huánuco, Municipalidad Distrital de Pozuzo, Cooperación Alemana, Prusia Tours, High Expeditions, entre otras instituciones y empresas.

*Internacional: En la ruta participaron caminantes de Perú, Alemania, Ecuador y Costa Rica.

*El retorno: Después de su intenso trajín, nuestro periodista andariego volvió a Lima desde Oxapampa en Cruz del Sur. La comodidad de sus asientos y la seguridad en el manejo de sus experimentados pilotos, fueron ideales para recuperar energías y llegar renovados a la capital.

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR LATAM
www.infoturlatam.com

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