Cushi: el pueblo de la alegría en la ruta de los colonos y arrieros

Del 22 al 24 de julio se realizó la 3ra Caminata Internacional de los Andes, una travesía integradora entre las provincias de Pachitea y Oxapampa (Huánuco y Pasco, respectivamente) que busca rescatar y poner en valor la llamada Ruta de Colonos y Arrieros, un tramo fascinante y retador que podría convertirse en una interesante propuesta turística. En esta tercera entrega, el autor nos guía por el sendero que une el caserío Tambo de Vaca con el centro poblado de Cushi, un lugar donde los visitantes son recibidos con los brazos abiertos.

Lo siento, olvidé tu nombre. Te lo pregunté, pero cometí el error de no apuntarlo. Confié en mi memoria. No debí hacerlo. Me arrepiento. No me costaba nada buscar la libreta y el lapicero… o tal vez sí. Estaba exhausto. Andaba casi fulminado cuando te vi. Tú lo sabes porque me ayudaste a recuperar mis fuerzas cerca a ese río que es un auténtico consuelo y a esa playa que resultó ser una apacible pampita.

Me ayudaste. No lo he olvidado. Por eso quería escribir tu nombre y apellido en mayúsculas y hasta en negritas. Así pensaba agradecerte, una vez más, tu sencilla y efectiva manera de auxiliarme; pero, perdóname, no podré hacerlo por una jugarreta de mi memoria viajera y por culpa del cansancio que me acompañó como si fuera mi sombra en la sinuosa y enfangada bajada de Saria.

Eso si lo apunté cuando las amenazas de calambres, los hincones en las rodillas y los pasos en falso quedaron atrás. Ya era de noche. Tranquilidad y relajo en tu centro poblado, donde “siempre los vamos a esperar con los brazos abiertos y una sonrisa, porque la sonrisa es lo primero para las personas de Cushi”, proclamaría Abdonio, tu paisano, con esa “alegría que nace del corazón y no del cuello para arriba”.

Tú también sonreíste cuando me viste. Sonrisa sincera, de buen augurio, de bienvenida adelantada. Total, solo faltaban un par de horas por un camino tendido, amigable, de esos que permiten una especie de plácido jironear, mientras te acercas a ese destino que al principio parecía tan lejano e incierto… porque ¿seré capaz de remontar el abra o seré derrotado por mi temor a las bajadas?

Y estoy al borde del nocaut en Saria. Tramo complicado, traicionero, maltrecho por el abandono y los cascos de las mulas. Alerta. Cuidado. Un mal paso y… trastabillo, resbalo. Termino en el barro. Me duele la caída y mi torpeza. Persisto. No tiro la toalla. Respiro hondo, me levanto, recojo mis bastones, chequeo la cámara. Nada está roto. Todo está bien. Soy un artista resistiendo los golpes, ironizo.

Reinicio la marcha, retomo mi ritmo pausado y mi avance de camioncito veterano y carcochón, cuyo combustible es la esperanza de llegar al río y a la pampa que hace rato parecen estar allácito nomás. ¡Pero es mentira, no lo están!, te convences y resignas cuando te gana la impresión de que el sendero que recorres, caracoleará interminablemente entre el follaje del bosque, entre el verdor de la selva naciente.

Resistes. Es lo único que puedes hacer. No hay marcha atrás. No puedes volver a Tambo de Vaca, el punto de partida del segundo día en la Ruta de Colonos y Arrieros. Será el trayecto más largo de las tres jornadas. 18 kilómetros de peregrinación que se inician rematando el ascenso al abra Portachuelo (3790 m.s.n.m.), pero terminarán en tu tierra, Cushi (1780 m.s.n.m.), “un lugar bien alegre”.

Eso es lo que significa su nombre, explica Abdonio, uno de los hijos de Julián Ubaldo -ya fallecido-, el primer habitante de este centro poblado que, allá por 1940, era solo un lugar de paso, un paraje más en la vía de herradura que une la cordillera y la selva montañosa. “Mi padre tenía 12 años cuando mi abuelo decidió dejarlo aquí, para que trabajara esta tierra que fuera vendida por la viuda de don Ismael Ballesteros”.

“No había nadie más. Solito se quedó con sus dos perros”, comenta mi memorioso interlocutor, mostrando fotografías en blanco y negro, entre otros objetos antiguos rescatados del olvido. No es el único. Antes, otra voz, otro nombre en mi libreta: Pedro Ubaldo -sí, lo siento, ya te dije que me arrepiento por no haber atesorado el tuyo- me contaría que don Julián era de Pachitea y que había nacido en 1928.

Arriero, comerciante, cartero y hasta fotógrafo, él sería el precursor de este centro poblado. Y si bien su existencia fue un constante ir y venir, su hogar y el de su familia siempre estuvo en esta pincelada de rústica urbanidad donde se vive tranquilo, no como en la ciudad, entonces, “para que me voy a ir”, se sinceraría Pedro, replicando el pensamiento y la filosofía de su padre.

Jornada larga

“Tengan sus linternas a la mano”, advirtió -medio en broma, medio en serio- Raúl Cabello, cuando el grupo de andariegos peruanos y extranjeros que participaban en la 3ra Caminata Internacional de los Andes 2022, alistaban sus mochilas para volver a los senderos coloniales -aunque algunas voces pregonan que podrían ser prehispánicos- que conectan los distritos de Chaglla (Huánuco) y Pozuzo (Pasco).

¿Llegaríamos de noche? Raúl -conocedor del trayecto y el gestor de esta aventura integradora- mantiene la incertidumbre. Tal vez sí, quizás no. Era solo un por si acaso, pero lo asumo como un desafío. La luz de una linterna no guiaría mis pasos finales; bueno, al menos eso es lo que pensaba cuando estaba fresquito y subía a un ritmo respetable la encrespada cuesta hacia Portachuelo.

El abra. El viento revoltoso. La inmensidad geográfica. El horizonte que se debate entre la niebla y la claridad. La cumbre lejana y tentadora del Huaguruncho (5723 m), el glacial pasqueño, el eslabón principal de una cadena montañosa que lleva su nombre. La visión contrastante entre los parajes andinos que ya quedaron atrás y la exuberancia selvática que nos espera allá abajo, muy abajo.

Y empieza el descenso por una senda quebradiza que no me intimida ni asusta. Si todo sigue igual, no necesitaré encender la linterna que está a la mano. Voy con calma. Voy sin prisa. Voy relajado, tan relajado que me detengo más de la cuenta para observar al Indio de piedra que está muy cerca del abra. Una escultura natural burilada por los vientos y la erosión, que se identifica al primer vistazo.

No hay que forzar la imaginación para reconocerla. Ahí está, mirándome quizá con cierta benevolencia y compasión por lo que vendrá, por lo que me espera más adelante. El camino enfangado. La tierra resbaladiza. El lodo hambriento que se traga las ‘trekkeras’. Es complicado avanzar así, saltando de un lado al otro con la finalidad de evitar las zonas pantanosas, como lo hacen los niños que juegan mundo.

Y aunque ya no soy un niño y el sendero que enfrento no es una rayuela, igual brinco, buscando la piedrecita que evite que mis medias se empapen aún más. Así voy hasta Saria, no la bajada, sino la explanada natural en la que el grupo se detendría para merendar y recargar energías. Las necesitaban con urgencia para emprender el descenso hacia el río Consuelo y Playa Pampa.

Qué te puedo decir. Tú conoces la zona y sabes que la bajada es larguísima y complicada, a pesar de que ya no la sufres. Estás acostumbrado. Eres arriero. Eres caminante. Seguro que ya no buscas ni encuentras ‘consuelo’ en las aguas del río ni reposas tu cansancio en la playa que es una pampita. Seguro que pasas largo nomás y no te tomas ninguna foto en el cartel de madera que da la bienvenida en español y en alemán.

Justo ahí estabas tú, con una jarra de plástico en una mano y un vasito en la otra. Sí, ya dije que sonreías -como todos en Cushi, según la versión de Abdonio-. Nos saludamos y notaste mi cansancio y mi sed, entonces, me ofreciste el café frío y dulzón con el que recibías a los foráneos que “siempre son bienvenidos”, sí, acertaste, tienes razón, estas también son palabras de tu coterráneo.

Acepté, dos veces acepté ese café que -dada las y mis circunstancias- sería el más rico de mi vida. Una bebida inolvidable a diferencia de tu nombre que debí apuntar, pero no lo hice por confiado o por cansancio o quien sabe si por mis deseos de terminar la jornada sin la necesidad de encender la linterna. Tenía que apurarme. Eran las cuatro y faltan “dos horas a su paso”, presagiaste con acierto.

Sí, a mi paso, no al paso de las mulas que estaban disponibles y, menos aún, al andar vertiginoso de las motos que iban raudas al ‘rescate’ de aquellos que dejaron sus últimas fuerzas en las curvas de Saria. Yo me guardé un alguito que se acrecentó al refrescarme en esas aguas que consuelan y al beber el café que compartiste conmigo, que compartiste con todos los que te encontraron.

Ahora me siento renovado. Me siento invencible. Ya no hay barro ni descensos extremos. Acelero. Sé que estoy cerca. La noche se avecina. No busco la linterna. Hay unas casas. Ya llegué, pienso. Me equivoco. El cielo se ensombrece. Vamos, falta poco, me arengo. Varias motos me pasan y me bañan de polvo. No me importa. Continúo arrinconando al cansancio. Voy a ganarle a la noche.

Veo unas luces, escucho unas risas. Cushi está a solo unos metros. El camioncito carcochón cumpliría su objetivo como tantas otras veces. Lo haría a su ritmo, lo haría con Danna Ponce y Heydy Quispe, la jóvenes con las que compartiría los últimos kilómetros. Juntos empezaron en el cartel de bienvenida. Juntos ingresarían al caserío de la alegría y los brazos abierto.

Llegué, llegamos, lo que ocurriría después lo recuerdo muy bien. Los brindis, la cena reponedora, la conversación con Pedro y Abdonio, el sueño profundo en un cuarto compartido. Lo único que no recuerdo es tu nombre. Lo siento, de verdad lo siento. La próxima lo apuntaré en mi libreta, porque confío que habrá una próxima, para volver a aceptar tus milagrosos vasos de café frío y dulzón.

Infodatos

*La ruta: la travesía pedestre comenzó en el centro poblado de Muña. Desde este punto se caminó hacia Tambo de Vaca (9 kilómetros, aproximadamente, 7 de subida). El segundo día se unió Tambo de Vaca con el caserío de Cushi (18 kilómetros de ascenso, descensos y zonas pantanosas). El tramo final fue entre Cushi y Tingo Mal Paso (ingreso a Pozuzo). La distancia aproximada fue de 12 kilómetros.

*Positivo: Después de la caminata el Gobierno Regional de Huánuco y el Instituto de Desarrollo del Sector Informal (Idesi) han decidió impulsar la puesta en valor de la Ruta de Colonos y Arrieros. Este esfuerzo, que es parte del proyecto Eco-Huánuco será financiado por la cooperación alemana.

*Aventureros: El trayecto coincide con el tramo final seguido por el segundo grupo de ciudadanos austroalemanes que colonizaron Pozuzo, en la actual provincia de Oxapampa. Su travesía concluiría en octubre de 1868.

*Los organizadores: La caminata contó con el auspicio y apoyo de Ecoselva, Idma, EcoPozuzo, Asociación Civil Cultural Roger Vidal Roldán, Gobierno Regional de Huánuco, Gobierno Regional de Pasco, Dircetur Pasco, Dircetur Huánuco, Municipalidad Distrital de Pozuzo, Cooperación Alemana, Prusia Tours, High Expeditions, entre otras instituciones y empresas.

*Internacional: En la ruta participaron caminantes de Perú, Alemania, Ecuador y Costa Rica.

*El retorno: Después de su intenso trajín, nuestro periodista andariego volvió a Lima desde Oxapampa en Cruz del Sur. La comodidad de sus asientos y la seguridad en el manejo de sus experimentados pilotos, fueron ideales para recuperar energías y llegar renovados a la capital.

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR LATAM
www.infoturlatam.com

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