Cordillera de aventura: Al borde del nocaut en Huayhuash

Es el último round de una pelea de boxeo y, en el centro del cuadrilátero, uno de los púgiles bailotea triunfante. Se le nota confiado, canchero, ganador, tanto así que baja la guardia repetidamente, dejando su rostro al descubierto para provocar al rival que intenta golpearlo. Fracasa. Es inútil. Sus puños se pierden en la nada ante las fintas y los quiebres de ese artista del engaño.

La distancia y la proximidad de la noche, fueron golpes inesperados para un viajero que creía estar cerca de su destino. Al darse cuenta de su error, se siente como un boxeador acorralado entre las cuerdas en el último asalto de un combate en el que se imponía con facilidad. Esa reflexión es el origen de esta crónica que describe la primera jornada del autor en la cordillera de Huayhuash (regiones Áncash, Huánuco y Lima Provincias), uno de los circuitos estelares del trekking mundial

La escena se repite una y otra vez. El rostro tentadoramente desprotegido, el esquive que es magia en movimiento, el aplauso estruendoso del público, pero, la secuencia se quiebra en los segundos finales. La mandíbula queda expuesta. El golpe entra limpio. La afición -ahora absorta, ahora silenciosa- ve a su héroe aturdido e indefenso. Él se refugia entre las cuerdas para evitar caer.

Allí, arrinconado, temeroso y sin reacción, espera el campanazo que lo salvaría de la derrota impensada, que le devolvería la victoria en riesgo por su exceso de confianza y menospreciar al rival que se ha convertido en un gigante indomable. Nadie sabe si aguantará ese ataque demoledor, si resistirá la furiosa andanada que lo tiene al borde de escuchar la definitiva cuenta de diez.

Dejarse caer para acabar con el dolor o mantenerse tercamente en pie por inercia o valentía. Qué hacer cuándo estás tambaleándote en un ring o en cualquier otra situación de la vida. Y es que todos en determinado momento o de alguna manera, hemos sido ese boxeador canchero y sobrador que cree tener dominada una situación, pero, de pronto, todo cambia. Todo se derrumba.

Fue así como me sentí cuando la voz de Alex anunció que faltaban tres horas para llegar al campamento. Sus palabras, cual puñetazo, hicieron trastabillar mi moral caminera. Ese era mi castigo por bajar la guardia y creer que le había ganado a las horas y a las distancias, en mi primera jornada en la cordillera de Huayhuash, una fascinante ruta trekkera entre glaciares, lagunas y quebradas.

Ya estoy cerca, pensaba. Llegaré antes de lo previsto, creía. Fui un tonto que aceleró sus pasos precipitadamente, un tonto que no entendió bien como era el recorrido: “pasamos un abra y bajamos cerca a una laguna. Todo es plano hasta un desvío. Allí subimos otra vez, pero el ascenso será más tendido”, me explicaron la noche anterior en el patio de un hospedaje sin lujos de Chiquián.

El ’Espejito del Cielo’ como es llamada la capital de la provincia de Bolognesi (Áncash), sería el punto de encuentro de los aventureros que acompañarían a Alex Milla por los caminos cimbreantes, retadores, kilométricos y siempre de altura -mucha altura- de un circuito pedestre que un andariego debería de recorrer al menos una vez en su vida, como suele decirse en estos tiempos globalizados.

Los primeros pasos

Huayhuash es cordillera congelada -21 nevados, cinco por encima de los 6000 metros-, es espejo de aguas turquesas, es naciente de ríos que se precipitan hacia el Pacífico o al cauce del Marañón -uno de los grandes tributarios del Amazonas- es bosque de queuña, el árbol andino que se impone en las tierras del soroche, es refugio de fauna silvestre, es paisaje inspirador, es belleza que conmueve…

Y agota. Lo sabía. Lo sabíamos todos los que la mañana del Jueves Santo, nos alejamos de Chiquián hacia la comunidad de Llamac y el campamento minero Pallca, en un bus que se movía a ritmo de tortuga. Expectativa, tensión y una pizca de nervios. ¿Resistiría?, ¿me atacarían los calambres?, ¿mi cuerpo ‘recuperaría’ su memoria de trotaperú, a pesar de la para obligada por la pandemia?

Mejor no pensar en eso. Mejor mirar el panorama. Mejor olvidar que la cordillera me recibiría con una pendiente. Huayhuash me ponía a prueba desde el primer paso. Me desafiaba como si quisiera saber si estaba a su altura, si era digno de transitar por sus parajes espléndidos o compartir esas sendas quebradizas con sus hijos, los hombres y mujeres que nacieron en esta geografía sinuosamente bella.

Llegar. Viento helado, cielo sin brillo. Preparar la cámara. Ajustar los bastones -valiosos aliados en estos senderos pedregosos y enfangados-. Dar los primeros pasos en Cuartelwain. El corazón se acelera, la respiración se dificulta, la vista se regocija con el horizonte silueteado por montañas. Avanzo despacio. Mido mi andar. Las piernas despiertan. Mi cuerpo responde.

Me animo. Soy puro optimismo. Punta Cacanán (4700 m.s.n.m.) me exige, pero la supero sin mayores complicaciones. ¡Disfruto! “Estoy de vuelta”, me aliento cuando veo la laguna Mitucocha, cuando acelero mi ritmo en la parte plana, entonces, sin quererlo y sin darme cuenta, empecé a confiarme, a creerme imbatible como el boxeador bailarín que bajó la guardia, que regaló su mandíbula.

Y ya me veía llegando vigoroso al campamento que, según mis cálculos, debería de estar allácito nomás. Y ya imaginaba mis fotos del atardecer desde las orillas de Carhuacocha, la laguna custodiada por nevados imponentes. Y ya hasta saboreaba el tibio amargor del mate de coca que me ayudaría a recuperar fuerzas, cuando una revelación inesperada me llevó a pensar en tirar la toalla o dejarme caer en la lona.

Dónde está el campamento

Perdí las ganas, el entusiasmo y el deseo de continuar, porque faltaban tres horas por un sendero peliagudamente embarrado y resbaloso. Sí, era un ascenso tendido, pero muchísimo más largo que el anterior. Entendí mal y no lo podía creer por más que Alex lo repite una, dos, varias veces como para que no me quede ninguna duda. Fue inútil. No quería creerle. Sigo sin creerle.

Seguro era mentira. Una broma de mal gusto para colorear una tarde sombría, con algo de lluvia, con un poquito de granizo, con harta incertidumbre, pero con visiones deslumbrantes, porque ante mis ojos se erguían impolutos y cercanos el Siula y el Yerupajá. Los miré con respeto, los saludé, les pedí permiso y perdón por el daño que le estamos haciendo.

También un poquito de ayuda para continuar mi ascenso al paso Carhuac (4650 m.s.n.m.) y dejar de sentirme entre las cuerdas recibiendo una andanada de golpes. Cada paso era una tortura. Y me fui rezagando. Y me fui quedando atrás. Tres horas, no aguantaré tres horas, me torturaba mi conciencia viajera, mientras los compañeros se alejaban cada vez más. Ellos se perdían de mi vista.

Tenía que reaccionar ya, ahora. Aquí no habría ningún campanazo salvador.

Me detengo. Descanso. Me rearmo. Siempre se puede dar un paso más, es mi renovada consigna. La aplico. Funciona. Así voy recuperando mi confianza, mi ritmo, mis ganas de imponerme a la distancia y a las dificultades, como tantas otras veces.

Los recuerdos me alimentan. Mi memoria me transporta a otros aventuras en los que vencí mis limitaciones, en las que llegué a mi destino, a pesar del pesimismo de quienes me acompañaban. “¡Estás seguro que vas a poder?”, me han preguntado tantísimas veces y mi respuesta nunca ha cambiado: sí, lo haré, claro que sí, siempre lo haré. Hoy no será la excepción.

Resistí. Me salvé del nocaut. Continúo en la ruta. Se termina la pendiente ‘tendida’ de la que habló nuestro guía. Descenso en la oscuridad. La luna y las linternas guían a los que buscan el campamento prometido, el campamento escondido, el campamento que no está por ningún lado, por más que hace ya un buen rato, uno de los arrieros nos dio la bienvenida a la laguna Carhuacocha.

Las tres horas volaron. Nueve de la noche. 4125 m.s.n.m. Luces tenues en el horizonte. Paciencia. Falta muy poco para descansar y encontrar un poquito de calor y confort en las carpas especiales y en las bolsas de dormir que repelen el frío. Arribo silencioso. No hay jolgorio ni alegría. La extenuación me ha quitado hasta las ganas de celebrar mi reencuentro con las sendas aventureras.

Cambiarse. Buscar abrigo. Conversar con los arrieros y con la señora que apareció con sus ollas repletas de truchas y arroz. Cenar. Reír. Brindar con ‘calentito’. Recordar que “el segundo día será un paseo”, como anunció Alex en el patio del alojamiento sin lujos que a estas altura de la jornada pareciera estar en otro mundo. Ya no sé qué creer. Quizás escuché o interpreté mal sus palabras.

Mejor no pienso en eso. No quiero confiarme. Prefiero convencerme de que será una jornada intensa, vibrante y retadora en la que Huayhuash me recompensará con visiones extraordinarias, mientras sus caminos seguirán dándome lecciones de vida y perseverancia. En eso pienso antes de dormir, antes de soñar con la laguna que hoy no pude ver, pero que mañana despertará todos mis sentidos. (Continuará)

Info Datos

A tener en cuenta: la cordillera de Huayhuash tiene 30 kilómetros de extensión, compartidos por las regiones Áncash, Huánuco y Lima Provincias.

Entre regiones: La primera jornada se inició en Áncash, pero terminó en Huánuco. Carhuacocha se encuentra en la provincia de Lauricocha de la mencionada región.

La jornada: La caminata comenzó a las 11 de la mañana y se prolongó hasta las 9 de la noche.

La vuelta: existen diversas alternativas para recorrer Huayhuash. Hay opciones de 12, 10 días u 8 días; pero la propuesta de Alex Milla Curi de Chiquián Travel Tours, se reduce a cuatro intensas y largas jornadas. Es ideal para caminantes con experiencia y que no cuentan con tiempos largos para sus actividades turísticas.

El gigante: el Yerupajá (6634 m.) es el glacial más alto de Huayhuash y el segundo del Perú, detrás del Huascarán.

El grupo: acompañaron al autor un grupo de caminantes nacionales de distintas edades, incluyendo adultos mayores, lo que demuestra que, poco a poco, los peruanos empiezan a recorrer sus caminos.

Recomendación: para explorar los caminos del Huayhuash es indispensable contar con equipos y prendas adecuadas. Un par de buenas botas de trekking, un poncho de agua o impermeable, una mochila cómoda y resistente, carpas y bolsas de dormir diseñadas para soportar bajas temperaturas, prendas especiales para montaña, además de linternas, cantimploras o botellas de agua, son más que necesarias.

Fotos y texto: Rolly Valdivia Chávez
INFOTUR LATAM
www.infoturlatam.com

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