Caminata en Huayhuash: El Día de la Madre en Viernes Santo

Sus manos guían y acompañan nuestros primeros pasos, enseñándonos a explorar el retacito del mundo en el que nacimos, en el que nos tocó vivir. Así, protegidos y custodiados, comenzamos a andar hasta que sentimos el impulso de soltarnos y de aventurarnos solos, pero, nos falta experiencia. Somos aprendices. Tropezamos. Nos caemos, entonces, son esas mismas manos las que nos levantan.

Las fechas se confunden por culpa del calendario, las flores y los globos en forma de corazón. Esa es la única manera de explicar que el relato de una jornada caminera de Viernes Santo, se convierta en una especie de homenaje a las madres peruanas. Si quiere saber cómo ocurrió este estropicio, lo invitamos a leer esta crónica que, en teoría, describe el segundo día de andar en los caminos de la cordillera de Huayhuash, la cadena montañosa compartida por las regiones Áncash, Lima Provincias y Huánuco

Los años pasan casi sin darnos cuenta. Crecemos. Dejamos de ser niños. Nos volvemos cada vez más independientes. Nuestro mundo se ensancha y decidimos recorrer varias rutas; aunque siempre, de una u otro manera, volvemos al principio para recargarnos, nutrirnos de cariño y sentirnos protegidos ante cualquier contratiempo o traspiés.

Lo siento. Discúlpenme. Esto no es lo que pensaba decir cuando me senté frente a esta pantalla en blanco, tan blanca como las cumbres de esas montañas que debería de estar describiendo, de esos nevados que alegraron mis pupilas al abandonar la tibia comodidad de la carpa cocina, para darle cara al amanecer y a ese sol receloso que se resistía a hacer brillar las aguas de Carhuacocha.

No importa. La laguna, con su corte de glaciares que la resguardan, es sencillamente impactante. Al contemplarla, se recargan las energías, se desdeñan los tirones en las piernas y en las rodillas, se saborea con más gusto el tallarín con atún del desayuno y se espera con ansías el momento de partir, para seguir descubriendo lugares fantásticos entre abras retadoras y atrevidas pendientes.

Tan atrevidas como el abandono de mi plan inicial que pretendía narrar única y exclusivamente mi segundo día en la cordillera de Huayhuash. Esa jornada que sería un paseo, según lo anticipado por Alex -siempre optimista, incansable y de andar irreductible-; esa jornada que, en mi modesta y humilde opinión, se preveía incierta por obra y gracia de la agotadora experiencia de la víspera.

Partimos. Haciendo fotos de Carhuacocha partimos hacia un mirador. “Allá veremos tres lagunas”, fue la promesa de nuestro guía, pero… y ahí viene el problema, la complicación, el esfuerzo que -otra vez- pondría a prueba la resistencia del grupo. Sí, tendríamos que superar un paso, tendríamos que acercarnos al cielo, tendríamos que soportar el frío aliento de un viento rebelde y taimado.

El paseíto tendría sus dificultades. No es novedad. Huayhuash es así. Hay que subir y bajar. Me mentalizo. Voy despacio hasta que mis músculos calienten, se recuperen y se sacudan del dolor. Un buen caminante no es el que anda 20 kilómetros hoy sino el que es capaz de repetirlo mañana, recuerdo en pleno trajinar una de las primeras lecciones que recibí en la escuela Chasqui.

Y aunque no fui un alumno destacado, logré ‘graduarme’ por mi insistencia de acompañar a su fundador y director vitalicio, Felipe el Chasqui Varela -tal vez el peruano que más ha recorrido los senderos del Qhapaq Ñan-. Él, acaso cansado de que me uniera a sus expediciones, me otorgó el título de una escuela que no existe, aunque sus megacaminatas han dejado enseñanzas en todo el país.

Mientras me reactivo en los senderos de la cordillera, mi mente refresca situaciones del pasado. Retazos de mi historia trekkera que me animan, me alertan, me convencen de que pase lo que pase arribaré al campamento. Lo he hecho antes. Lo he hecho muchas veces a pesar de los calambres y las ampollas, a pesar del granizo castigador y el frío que carcome hasta los huesos.

Un poco de eso y otro poco de aquello es lo que quería contarles, pero hoy, justo hoy, apareció la nostalgia. Ella se apoderó de mis pensamientos. Ella me condujo a la evocación de mis andares infantiles. Ella me hizo recordar la suavidad de esas manos que me guiaron de niño y que, décadas después, me recibían aliviadas cuando retornaba de mis travesías periodísticas.

Flores y corazones

La culpa es del calendario, del segundo domingo de mayo, de las flores y los globos en forma de corazón que atosigan las calles. Si hoy fuera otro día, cualquier otro día, este texto sería distinto porque no me hubiera atrevido a relacionar mi periplo en uno de los circuitos pedestres más atractivos del planeta con esos tiernos momentos en los que una madre dirige la dubitativa marcha de su hijo.

Y esa sensibilidad acicateada por la nostalgia, me lleva a concluir que esos instantes nunca terminan. Duran para siempre, incluso cuando ellas ya no están. Solo así puedo explicar que este relato se haya desviado del sendero peliagudo que me conduciría a un trío de lagunas de aguas esmeraldas o turquesas, para convertirse en un inesperado homenaje por el Día de la Madre.

Debo volver a los dominios del Yerupajá, la segunda montaña más alta del país, a las orillas mágicas de Carhuacocha, a la visión con apariencia de espejismo del campamento -que ya está cerca, al que llegaremos antes del anochecer-. Es lo que ustedes esperan. Esa es la razón por la que están leyendo estas palabras. Es lo que prometo hacer a partir de ahora.

Segundo día de una aventura de Semana Santa, sí, de Semana Santa, no del Día de la Madre, repítelo, escríbelo muchas veces para que no te desvíes. Entendido. No volverá a pasar. De Carhuacocha hasta el campamento Huayhuash (4300 m.). Dos abras por superar, varios espejos de agua que admirar, mucho barro y piedras por pisar o esquivar… cuando se puede, aunque casi nunca se puede.

Avanzamos. Ritmos distintos. El grupo se estira. Alex lidera, encamina, espera o regresa para encontrar a sus pasajeros. Milagros y Pao son unas balas. Siempre van adelante, abriendo ruta, esquivando al cansancio. Vicenta y Eleasar -esposos y aliados- regulan sus fuerzas, no se apresuran, remontan con calma los ascensos a los pasos Carnicero (4630 m.) y Siula (4810 m.).

Eleasar nació en Chiquián (provincia de Bolognesi, Áncash). Desde niño vio con curiosidad las cumbres portentosas a las que ahora se acerca con su amada compañera, saldando así una deuda personal. Él tenía que explorar la cordillera, disfrutar de la libertad que se siente en estos parajes aparentemente infinitos, tan distintos a los espacios acotados de los submarinos en los que se formó y trabajó.

Retirado de la Marina de Guerra, este hombre curtido en las profundidades del Pacífico, decidió emerger para peregrinar por los valles y las pampas, las quebradas y las cadenas montañosas. Esos son los nuevos escenarios de su existencia porque es mil veces mejor echarse a andar, estar activo, compartir momentos estelares con Vicenta, que quedarse en casa, atados a la rutina y las horas repetidas.

Todos juntos

¡Lo logramos! Ascendimos al mirador de las tres lagunas. Allí están Quesillococha, Siulacocha, Gangrajanca y los picos del Yerupajá Chico y del Jirishanca (grande y chico). Momentos de contemplación. De pensar que si se puede, que siempre se puede, a pesar de que la jornada aún no termina y que falta remontar un abra más y un larguísimo tramo en el que predomina el fango y los bofedales.

Lo mejor es no pensar en lo que se viene. Lo mejor es gozar del momento, de sonreír, de saludar a los apus, de compartir con los otros miembros del grupo. Aquí están todos, los jóvenes Oliver, Giancarlo y Fania, también Inés, que es madre, que se abre paso con sus dos hijos adolescentes… Ella es una mamá viajera que explora y le enseña a sus ‘pequeños’ a descubrir su tierra.

Lo hace desde que eran unos niñitos. Primero a las lomas que verdean los cerros de la ciudad gris. Allí, entre la flora que brota milagrosamente por la humedad, les daría sus primeras lecciones de persistencia y tenacidad en los caminos. La exigencia iría aumentando. Otras escapadas. Nuevos retos. Hace un tiempo Choquequirao. Hoy están Huayhuash. Juntos y unidos son invencibles.

No cumplí mi promesa. Otra vez me tienta la nostalgia y me dejo llevar por el influjo de las flores y los corazones. Repito, no era mi intención, pero no pude o no quise evitarlo, porque en el fondo de mi mente y de mi corazón, quería que las palabras que coparan mi pantalla en blanco, tan blanca como las cumbres cordilleranas, se convirtieran en un homenaje aventurero a todas las madres.

Y es que ellas, estando o sin estar, siempre encontrarán la forma de llevarnos de la mano, de orientarnos y hasta de levantarnos de esas caídas que son parte de nuestra existencia. Gracias por eso. Gracias por todo. (Continuará).

Info Datos

A tener en cuenta: la cordillera de Huayhuash tiene 30 kilómetros de extensión, compartidos por las regiones Áncash, Huánuco y Lima Provincias.

La jornada: La caminata comenzó a las 7:30 de la mañana y se prolongó hasta las 5 de la tarde.

La vuelta: existen diversas alternativas para recorrer Huayhuash. Hay opciones de 12, 10 días u 8 días; pero la propuesta de Alex Milla Curi de Chiquián Travel Tours, se reduce a cuatro intensas y largas jornadas. Es ideal para caminantes con experiencia y que no cuentan con tiempos largos para sus actividades turísticas.

El gigante: el Yerupajá (6634 m.) es el glacial más alto de Huayhuash y el segundo del Perú, detrás del Huascarán.

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR LATAM
www.infoturlatam.com

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Buscar en infotur latam