Caminando hacia Aypate, la huella inca en la sierra de Piura

Es diciembre de 2020. Las vacas y los toros comen pasto y orinan entre los imponentes recintos de piedra de la ciudadela Aypate. La tarde es fría y nublada, se puede apreciar en esplendor esta zona arqueológica monumental, que hace más de 480 años, cuando los españoles aún no llegaban a territorio del Tahuantinsuyo, era uno de los más importantes centros administrativos ceremoniales que los incas tenían a unos 2,900 metros de altitud, donde pasa el Qhapac Ñam rumbo a Cusco entre bosques húmedos y potreros de las comunidades cercanas.

¿Cómo lograr Aypate? Primero se debe llegar a Ayabaca, capital de la provincia. Desde Piura ciudad son unas cuatro horas por la pista que pasa Las Lomas hacia Macará, en suelo ecuatoriano, y el pasaje por persona puede variar entre 25 a 80 soles, según se use un servicio formal, informal, bus o automóvil. Luego de tomar la derecha en el cruce de Sajinos, existe pista hasta el distrito de Paimas, pero después la carretera es maltrecha, angosta en su mayoría y con tremendos abismos, ya sea por la vía de Montero -más corta- o por Arreypite, Pingola y Chinchimpampa. A lo largo de las curvas se aprecia el río Quiroz, que alimenta, a su vez, al río Chira.

Ayabaca goza de lluvias y temperaturas bajas, pero también de solanas que se meten por las casas e impulsan el canto de los pájaros en la Plaza de Armas, frente al santuario donde está la imagen del Señor Cautivo. La mayoría de las personas tiene puesta su mascarilla para evitar contagios de COVID-19, sin embargo, otras no. En el cruce de las calles Bolognesi y Leoncio Prado hay un paradero que, entre diversas rutas a las zonas alejadas o fronterizas de la provincia, hay una que debo tomar: Yanchalá. La pista hacia Yanchalá, aunque angosta, es hermosa, porque aprecias las invernas del ganado, las personas llevando polvillo para los cerdos, los cañaverales y puestos de venta de bocadillo en Socchabamba y, al fondo, las tierras de Llanos de Aragoto y más cerros que verdean.

Si bien hay diversos caminos de herradura y vericuetos entre la montaña que permiten llegar a la ciudadela inca Aypate, uno de los puntos de partida más conocidos es Yanchalá, pueblito dentro de la comunidad de Tacalpo, y que se desliza a lo largo de una trocha llena de lodo que lleva hasta Espíndola, donde se sitúa el puesto de frontera con Ecuador.

Desde Yanchalá, el camino viejo hacia Aypate cruza chacras, acequias, pastizales y un extenso lote de pinos. Hay partes donde se halla basura y plástico que se funden con la tierra mojada. A medida que subo siento más frío y temor, porque me «emparamo», entiéndase que estoy mojadísimo por el sudor y la lluvia y todo lo que veo a mi alrededor es solo el blanco de la neblina y no hay escapatoria.

De pronto aparece un campo de grass. En un letrero se lee «Aypate», y justo detrás se levantan casas de madera y adobe. Aquí vive don Sergio Alberca, un hombre de formas mesuradas y solidarias que camina hacia sus parientes para decir que sirvan un plato más de chancho frito con mote. El ambiente es movido: los pavos se azoran, ladran los perros, se escucha cumbia sanjuanera, unas mujeres cocinan y lavan, otros varones beben cerveza. Se trata de Lagunas de Cangly, el predio que en su cima guarda a uno de los sitios arqueológicos más importantes del Perú: Aypate.

Entonces abarcamos el último impulso hacia allí. En el pasadizo de una vivienda de Lagunas de Cangly tomo agua y me cambio la ropa mojada. Don Sergio Alberca alerta:

– ¡Lleve cañazo para que pague al cerro!

En efecto, compro una botella de pócima (cañazo o aguardiente) a 4 soles. Tomo un trago para calentar el cuerpo; sigue lloviznando. Me acompaña un niño de 10 años llamado Gilmer. Con el permiso de su padre, don Wilson, el pequeño es mi guía improvisado que conoce bien el camino hacia las ruinas. Cuando llegamos, después de unos 20 minutos de un sendero empinado entre el bosque, nos reciben vacas y toros con sus heces entre los pétreos aposentos. «Escúpale cañazo para que deje de llover», ordena el menor. Acato.

Aypate, declarada como «Capital Arqueológica de Piura», se erige como un añejo y desbaratado cobijo para tradiciones incas. ¿Qué pensarían los españoles cuando llegaron y observaron las enormes piedras como las de Cusco y los campos donde ahora pastan vacunos y un caballo blanco? De acuerdo con el Ministerio de Cultura, Aypate está conformada por una plaza principal, de forma trapezoidal; el Acllawasi, que es un cuarto donde vivían acllas – mujeres escogidas -, quienes preparaban comida o chicha. También ubicamos el Ushnu, que consiste en tres plataformas sobrepuestas y escalonadas; el kallanka, que alojaba a peregrinos, guerreros y colonos (mitimaes), y las colcas, donde se almacenaban los alimentos. Además, apreciamos andenes, que son terrazas que servían para sembrar en el contorno del centro administrativo. Si bien faltan mencionar lugares, la investigación aún no está al 100%.

Texto y fotos: Gerardo Cabrera Campos
Infotur Latam
prensa@infoturlatam.com

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