Cajatambo: La milagrosa resurrección de un cronista

Mi consigna era vegetar todo lo que fuera posible, reservando las pocas energías que me quedaban para emprender las gestiones indispensables, que aseguraran mi apresurado e inesperado retorno a Lima -la ciudad gris, la ciudad caótica-, después de explorar los fantásticos espejos de aguas y las faldas montañosas de la siempre fascinante cordillera de Huayhuash.

Después de tres largas y extenuantes jornadas en los caminos de la cordillera de Huayhuash (Áncash, Huánuco y Lima Provincias), un viajero desvía sus pasos para adelantar su retorno a casa. En esa jornada final, su única intención era conseguir un boleto de bus y descansar, pero Cajatambo -la capital de la provincia del mismo nombre- tenía otros planes para él. Conózcalos en el siguiente relato

Y todo estaba saliendo de acuerdo con lo planificado hasta que en la plaza de Cajatambo -adonde había llegado en combi desde la comunidad de Huayllapa- aparecieron unos músicos de destellantes chalecos rojos y empezaron a revolotear varias niñas con alas de ángeles, mientras yo buscaba desesperadamente un asientito en cualquier vehículo motorizado que se dirigiera a la Panamericana Norte.

No era una tarea fácil. Sobraban los pasajeros, escaseaban las combis, las cúster y los buses, pero ya encontraría una salida; total, era Domingo de Resurrección y algún buen samaritano se apiadaría de mí, un periodista viajero que, de cierta manera, había ‘purgado’ toditititos sus pecados en los senderos pedregosos, las pendientes retadoras y las pampas empantanadas que recorrió durante tres días.

Iban a ser cuatro, tenían que ser cuatro para evitar la búsqueda de un asientito salvador en Cajatambo (3376 m.s.n.m.), pero ya no daba para más. Mis piernas no resistirían el trajinar kilométrico desde Huayllapa (región Lima Provincias) a Llamac (Bolognesi, región Áncash), la comunidad en la que había estrenado sus pasos andariegos, en esa mañana del Jueves Santo que hoy le parece tan lejana

Días de ascensos en los que no encontraba el aire, de bajadas que destruían mis rodillas, de amenazas de calambre en mis piernas agarrotadas, de campamentos que se alejaban, se escondían, jamás aparecían. Jornadas de retos cumplidos, de desafíos superados, de metas conseguidas: coronar los pasos y las abras, escapar del barro y los bofedales, resistir el granizo, respirar a pulmón lleno a 5000 metros.

No hay propósito de enmienda. Lo volvería a hacer, pero no en este domingo que, para mí, no es de resurrección, sino de cansancio, de ganas de vegetar y de dormir hasta el arribo a casa, pero no hay boleto y ya es mediodía y ahí están las angelitas desenredando unas cintas y los músicos que preparan sus instrumentos y la gente que viene, se acerca, se junta. Se congregan en el atrio del templo.

Mi plan se frustrará. Lo sé. Presiento lo que vendrá y sé que no podré resistirme, entonces, empuñaré la cámara y me olvidaré del cansancio, de las rodillas quejumbrosas, de las ampollas sin reventar y de mi mochila con dimensiones de ropero, para dejarme llevar y sorprender por las tradiciones de Cajatambo, ciudad a la que en esta ocasión solo había llegado para comprar un boleto de retorno.

De vuelta a la acción

Procesión. Cristo resucitó. Lo repite la voz que lee las escrituras. Lo sabe la mujer de trenza y pollera que sostiene un cirio encendido entre sus manos. Lo sienten los cargadores de rostros desencajados que llevan el peso de su fe -¿y sus pecados?- sobre sus hombros. Lo disfruta el padre que volvió a su tierra, para enseñarle a sus hijos las costumbres que él aprendió de los abuelos.

Tal vez no lo entienden demasiado las niñas convertidas en angelitos que preferirían estar jugando, en lugar de estar con sus cintas blancas y alas de madera, precediendo a la vistosa y pesada anda de Jesús que avanza con fervorosa lentitud por los contornos de la plaza, esperando el ansiado encuentro con la Virgen María y la incondicional María Magdalena. Ambas ya salen de la iglesia.

Nuevas emociones. Otras plegarias. El mismo fondo musical. La multitud se divide, se disipa, se comparte entre el Cristo Resucitado -torso desnudo, corona plateada, corte de querubines-, María Magdalena -crucifijo entre sus manos, capa dorada y roja, mujeres de hábitos morados llevándola en sus hombros- y la Virgen María -velo negro, chapas sonrosadas en el rostro, plantas de maíz adornando su anda-.

“Aquí, en Cajatambo, la Virgen María representa a la Madre Tierra”, me explica un devoto, uno de los muchos, uno de los tantos que mira con cariño y pasión a las imágenes que pronto se encontrarán. Ese será el momento cumbre de esta procesión que no estaría viendo, siguiendo, fotografiando, si me cuerpo no me hubiera urgido a diseñar un plan de escape y descanso.

Casualidad o un extraño designio. Pienso y reflexiono cuando me pierdo en la multitud, para nutrirme de la energía generada por esa fe que se renueva y parece fortalecida por el obligado aislamiento. “La Semana Santa ha regresado después de la pandemia, han venido bastantes paisanos, pero aún no tantos como antes”, me informaría un transportista, luego de aclararme que ‘no hay espacio, joven’.

La procesión continúa. María Magdalena se acerca. Ya está al frente del Resucitado. Alegría. Lluvia de caramelos. Dulce desorden. Todos quieren uno o dos y piden que lancen más, pero suavecito, sin fuerza para que no lastimen a los fieles desprevenidos. Y es el turno de la Virgen, que pierde su velo negro, su mantilla de luto porque su hijo volvió a la vida, al tercer día volvió como lo había prometido.

Momentos intensos y vibrantes que terminaron por desbaratar mi plan. Un plan que felizmente fracaso. Un plan que, según parece, no tiene demasiado sentido en Perú, un país que es capaz de dejarte absorto, incluso cuando lo único que uno quiere es un boleto para retornar a casa; ese boleto que se consiguió de milagro por obra y gracia de un pasajero que canceló su viaje antes de la procesión.

Pero aquel bus -veterano y sin mayores comodidades- solo encendería sus motores cuando las imágenes ingresaran al templo y los alféreces de la Semana Santa se fueran bailando hacia sus casas con sus familiares y amigos. Sin los sones musicales, sin el murmullo de las plegarias, sin las alas y las cintas de las angelitas, la plaza se tornó opaca. Se vistió de rutina y de nostalgia.

Nostalgia por los que se van en esos buses, combis y cúster que ya enrumban hacia las ciudades costeñas a las que migraron muchísimos cajatambinos, para labrarse un futuro distinto. Hoy me voy con ellos, aunque, a diferencia de ellos, no sé si volveré a ver al Cristo Resucitado, a María Magdalena y a la Virgen María de mejillas sonrosadas que representa a la Madre Tierra.

Quizás por eso -para no olvidar, para recordarlos siempre- es que escribo estas palabras.

Infodatos

*Espectacular: El trekking en la cordillera de Huayhuash es considerado como uno de los más impresionantes del planeta. Exigente, pero maravilloso, la ruta permite observar escenarios paisajísticos de interminable belleza.

*Duración: Existen diferentes circuitos y formas de recorrer la cordillera, la cual es compartida por las regiones de Áncash, Huánuco y Lima Provincias.

*El cambio: El plan del cronista era volver a Llamac y, desde ahí, retornar a Chiquián (capital de la provincia de Bolognesi) y a Lima; pero el cansancio acumulado lo llevó a él -y al resto del grupo con el que caminaba- a salir de Huayllapa por carretera hacia Cajatambo.

*Destino inesperado: Cajatambo se encuentra a ocho horas de Lima Metropolitana, aproximadamente. El viaje se inicia por la Panamericana Norte hasta Pativilca, donde se toma un desvío. Las primeras horas del retorno son premiadas con un paisaje espectacular.

*Lo que se viene: En las próximas semanas estaremos publicando textos e imágenes de la travesía por la cordillera de Huayhuash.

El autor de esta nota agradece a Alex Milla Curi de Chiquián Travel por hacerlo partícipe de esta aventura de Semana Santa.

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR LATAM
www.infoturlatam.com

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