A un paso de Barranquilla: Disfruta la serenidad de Puerto Colombia

A media hora de la festiva Barranquilla existe un puerto que parece detenido en el tiempo. Sus plazas, sus edificios principales y su muelle lucen como una postal de la primera mitad del siglo XIX. No tiene el bullicio de las grandes ciudades y, en su plaza, parece que todavía hay lugar para el sosiego.

Se llama Puerto Colombia y fue bautizado así un día de agosto de 1893, luego que el entonces presidente colombiano, Rafael Núñez, se negara, por humildad, a que el puerto que tendría, por algún tiempo, el muelle más largo del mundo llevara su apellido.

El empresario cubano que se encargó de colocar muelle y ferrocarril en esas costas atlánticas, Francisco Cisneros, tampoco se atrevió a ponerle el suyo, por lo que, rápidamente, le dio el nombre del país que lo acogió.

Arquitectura colonial

Puerto Colombia es de esas ciudades que se pueden recorrer a pie. Estar en su plaza principal, esta mañana, me permite imaginar la opulencia que debió tener en las primeras décadas de 1900 cuando se convirtió en el puerto más importante del país.

Sobre la plaza sobrevive la arquitectura colonial del palacio municipal y de la estación del antiguo ferrocarril. Hoy sus calles empiezan a recuperar el brillo que comenzó a perder cuando Barranquilla construyó su propio puerto. Y uno de los motores de esta recuperación es el turismo.

O al menos así lo cree Arneida Ramírez mientras me ofrece los variopintos y deliciosos dulces colombianos que ella misma prepara. Con una sonrisa amplia, me cuenta que ya lleva 35 años afincada en Puerto Colombia y 10 vendiendo los dulces tradicionales de su país. Eso sí, los vende solo en la época de carnavales y Semana Santa, aclara.

Muelle de pescadores

Me alejo de la plaza principal y de sus bocadillos ambulantes. En el antiguo muelle, recientemente reconstruido, se puede ver a algunos pescadores locales como Manuel Torres, que decidió radicar aquí desde que se pensionó, o como Iden Carretero, un joven que se muestra optimista, aunque los vientos le hayan arrebatado la pesca esta mañana sin sol. “Es que el pescado se aleja con la brisa”, me dice sonriendo, con timidez, para la cámara.

La mañana avanza y me voy llevando muchas historias en el bolsillo. Camino ahora hacia la playa más cercana, que según Carlos Carrillo no se compara con Prado Mar, la más visitada por lugareños y visitantes. Él, junto con su hermanito José Daniel, vende los clásicos algodones dulces y coloridos que los niños adoran. Ambos nacieron aquí.

Mar y manglar

Busco la arena del mar, pero el camino que elegí me lleva antes por un pequeño bosque de manglares. Por un minuto me siento en el corazón de una selva desconocida y al siguiente me encuentro frente a los colores pasteles que el mar adquiere por la desembocadura del río Magdalena.

Dejo atrás el mar. Aparece ante mí otra placita que conserva intacta la belleza del santuario Nuestra Señora del Carmen y que es embellecida aún más por un mural contemporáneo que nos recuerda la identidad cultural de este puerto, que, antiguamente, fue habitado por los Mocaná, uno de los pueblos amerindios que ocupaban estas costas atlánticas antes que llegaran los españoles.

¿Cómo habrá sido la ciudad que Simón Bolívar encontró aquí en su paso hacia Santa Marta, pocos días antes de morir? Lo que sí sé es que Puerto Colombia se está reinventando a partir de su historia y gracias a las ilusiones de sus habitantes. Por ahora, vale la pena visitarla para alejarse del ruido citadino y para experimentar ser parte de una postal del siglo pasado.

Fotos y texto: Claudia Ugarte
INFOTUR LATAM
www.infoturlatam.com

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