Tenía que ser uno de los mayores negocios de la aviación mundial. Si se junta una de las mejores aerolíneas con una de las familias más pudientes, y compran una marca que sólo puede mejorar, en el país que más crece en viajes, parecía un negocio fulgurante. Sin embargo, las cosas a día de hoy no podían ir peor.
Air India ha pedido a los propietarios, la familia Tata y Singapore Airlines, una ampliación de capital de 1.500 millones de dólares para mantenerse a flote, según publica la prensa del país.
El problema es que desde que Air India se privatizó, las cosas no cambian. No cambian quiere decir que siguen igual que siempre, acumulando pérdidas. Y ya van cuatro años.
Las pérdidas del grupo Air India son de 2.330 millones de dólares en el año que acabó en marzo. Todo le fue mal. Empezando por lo accidental: un avión cayó a tierra con 260 muertos, al despegar en Ahmedabad. Pero además la aerolínea tuvo que modificar sus rutas por la tensión con Pakistán. Y después la guerra del Golfo Pérsico ha sido terrible para su operativa. Y el aumento del precio del combustible. Y los efectos en cadena de las alarmas sobre los motivos del accidente de Ahmedabad.
El nuevo director general, procedente de Ethiopian Airlines, está tomando posesión estos días, para conocer el estado de la empresa. Air India arrastra desde hace décadas prácticas laborales caducas, sin rigor, sin cultura competitiva, lo cual no es fácil de cambiar, por lo menos no en poco tiempo.
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