Portada » Disfrute del Valle Sagrado desde el Tambo del Inka para una experiencia de lujo

Disfrute del Valle Sagrado desde el Tambo del Inka para una experiencia de lujo

por Infotur Latam
0 comentarios

El camino hacia el Valle Sagrado de los Incas era el preludio de una experiencia inolvidable. A medida que me alejaba de la pampa de Anta, comencé a descender por la carretera y el paisaje iba cambiando al aparecer las altas montañas que abrazaban el curso del río Urubamba. A los pocos minutos ya me encontraba en el ingreso del Tambo del Inka, a Luxury Collection Resort & Spa, que recibe a sus huéspedes con una propuesta que va mucho más allá del lujo, como disfrutar del Valle Sagrado con experiencias de lujo.

Al ingresar a la suite, la amplitud y la elegante decoración impresionan por los muebles de madera, los tejidos de inspiración andina y la luz natural que ingresa por los amplios ventanales, lo que compone un ambiente donde el diseño local convive con el confort contemporáneo. Sus 82 metros cuadrados invitan a disfrutar cada rincón sin apuro: una elegante sala de estar, comedor independiente, una amplia cama king y un balcón privado desde el que se pueden admirar las montañas y el río Urubamba. Este último detalle se convirtió en todo un ritual durante mi estancia.

Durante el recorrido por el Tambo del Inka, tuve la oportunidad de conocer al gerente de la División de Habitaciones, Matías Cáceres Peña, me explicó que la verdadera esencia de Luxury Collection es lograr que el huésped viva el destino desde adentro. «Hoy el lujo ya no consiste únicamente en habitaciones elegantes o servicios exclusivos; el verdadero lujo es regresar a casa con experiencias que transformen la manera de conocer un lugar», me comentó mientras caminábamos por los jardines del hotel. Aquellas palabras cobraron sentido cuando descubrí el enorme bosque andino que conserva la propiedad, considerado uno de los pulmones naturales de Urubamba, donde es posible realizar caminatas para observar aves al amanecer y descubrir la biodiversidad propia del Valle Sagrado.

Matías se ofreció a mostrarme algunos rincones del hotel que normalmente pasan desapercibidos para el viajero apurado, y entre anécdota y anécdota, como la del origen de la cervecería artesanal, que nació años antes de imaginar siquiera el Boulevard que hoy la rodea, entendí que este lugar se construyó, experiencia tras experiencia, pensando siempre en el mismo objetivo: hacer que uno se vaya distinto de como llegó.

Días de naturaleza y relax

Mi primera mañana empezó casi al alba, con una salida de avistamiento de aves hacia el bosque andino de la propiedad: más de 4,000 metros cuadrados de bosque autóctono que el propio Matías Cáceres llama «el pulmón de Urubamba», porque en varios kilómetros a la redonda no existe otro bosque con esa densidad y ese poder de vida.

Horas más tarde, ya con el sol más alto, tuve la oportunidad de caminar junto a las llamas del hotel que viven dentro de los jardines del Tambo del Inka. Es un momento que parece simple, como es caminar junto a un camélido sudamericano, pero que se transforma por completo cuando el guía empieza a contar lo que la llama significó y significa para la cosmovisión andina. De pronto, uno ya no está simplemente «viendo» un animal, está conociendo y entendiendo una cultura.

Otra actividad que me sorprendió fue el huerto orgánico del hotel, que abastece más del 70% de los vegetales, flores y hierbas que llegan a los restaurantes, al bar, al room service e incluso al spa, todo certificado como 100% orgánico. Caminar entre esos surcos, oler la tierra húmeda de la mañana y luego sentarme a almorzar con los ingredientes cosechados un par de horas antes fue, sin exagerar, uno de los mejores almuerzos de mi vida.

Por la noche llegó otra sorpresa: una clase interactiva de pizzas hechas en horno a leña, guiada por los chefs del hotel. Aunque la pizza no sea precisamente andina, la forma en que se prepara aquí, con leña, con calma, con historias de por medio, la convierte en otra cosa completamente distinta. Y no podía faltar la mítica pachamanca, cocinada bajo tierra con piedras calientes, una tradición que aquí se respeta y se explica con el mismo cuidado que cualquier otro ritual del valle.

Tejidos, mercados y estrellas

Cada jornada, que se programa en y desde el Tambo del Inka, propone una nueva forma de acercarse a la cultura andina. Una de las tardes visité, guiado por el hotel, las comunidades textiles de Chinchero, donde mujeres tejedoras demostraron técnicas que se transmiten desde generaciones antes de la Conquista. Ver cómo un hilo se convierte en un textil cargado de simbolismo, con las manos moviéndose casi de memoria, fue una lección de arte local y de identidad.

También recorrí el mercado de productores de Urubamba, que funciona los miércoles y viernes, y que, a diferencia de otros mercados «turísticos», está lleno de vendedores locales ofreciendo justamente lo que cultivan en las tierras cercanas. Frutas, tubérculos, quesos, flores: el valle entero con sus mejores productos y colores.

Pero si tuviera que elegir un solo momento para recomendar sin dudarlo, sería la caminata de la cosmovisión andina, que empieza al atardecer y termina ya entrada la noche, bajo un cielo que, gracias al clima privilegiado del valle, casi siempre está despejado. Ahí, mientras el sol se despedía detrás de los cerros, un guía fue explicando cómo nuestros antepasados leían las estrellas, qué significaban ciertas constelaciones y cómo esa lectura del cielo ordenaba la vida cotidiana incaica. Difícil no emocionarse ante tanta inmensidad.

Boulevard

Tuve la suerte de estar presente en la inauguración del Boulevard x Tambo del Inka, un proyecto que Matías me comentó que empezó a gestarse desde 2024, aunque su semilla ya existía años antes con la cervecería artesanal de Tambo, que hoy ofrece hasta ocho variedades propias, elaboradas exclusivamente en el Valle Sagrado.

Caminar por ese Boulevard, abierto tanto a huéspedes como a visitantes locales, es como recorrer una pequeña muestra de lo mejor del valle: una tienda de ropa y accesorios de montaña; una galería textil de alpaca de altísima calidad; una tienda de productos naturales pensada como una experiencia sensorial completa; una cafetería de especialidad de la marca Mayu (del grupo El Albergue) con café que llega directamente desde la Convención; y la destilería Endina, donde se puede degustar el destilado de sacha y el ya famoso Matacuy, o incluso preparar tu propio destilado para llevártelo a casa y abrirlo meses después, como una cápsula del tiempo líquida.

Muy pronto se sumará una heladería ligada directamente al huerto del hotel, aprovechando las hierbas aromáticas que ya se cultivan ahí. Y para quienes buscan algo más espiritual, existe Ama Experience, un proyecto social que permite subir a una comunidad andina en las alturas, convivir con más de 100 alpacas, degustar el sorprendente vino de oca llamado Oxalis maridado con papa y participar en rituales ceremoniales guiados por chamanes locales, en un territorio donde la energía, dicen quienes viven ahí, se siente de verdad.

También, el Boulevard alberga dos espacios del maestro Máximo Laura, reconocido Tesoro Vivo por la UNESCO, cuyos tapices han recorrido el mundo entero, desde Viena hasta China. Una de sus galerías exhibe y vende sus obras; la otra invita a presenciar el propio proceso artesanal frente al telar.

Después de tantas experiencias, el spa del hotel, uno de los más grandes de Latinoamérica, se convirtió en mi refugio de las tardes. La piscina temperada de más de 20 metros, el jacuzzi y el gimnasio están disponibles sin costo adicional desde las seis de la mañana hasta las once de la noche, y los tratamientos, con capacidad simultánea para nueve personas entre cabinas dobles y simples, son el cierre perfecto para un día lleno de caminatas, sabores y descubrimientos.

Antes de partir, el gerente de la División de Habitaciones me lo resumió con una frase que también me quedó con ganas de repetir: «Para vivir realmente Tambo del Inka hacen falta, al menos, cuatro o cinco días. Uno para el spa, otro para el Boulevard, otro para las experiencias del huerto y el bosque, y todavía sobra tiempo para explorar Moray, las salineras de Maras, Ollantaytambo, Pisac o Chinchero, todos a menos de media hora de distancia».

Me quedé pensando que el verdadero lujo, como bien dice Matías, ya no está en la habitación más grande ni en la vajilla más fina. Está en la posibilidad de tocar la tierra de un huerto, de escuchar a un chamán hablar de las estrellas, de ver a un maestro tejedor convertir un hilo en arte y de entender, aunque sea por unos días, cómo se vive de verdad en el Valle Sagrado.

Por: Carlos Bernuy
INFOTUR LATAM
www.infoturlatam.com

También te puede interesar

Deja un comentario